Está realidad incluso se refleja en el lenguaje: el verbo memorializar, el adjetivo memorialización, el sustantivo memorial, palabras que no son aceptadas en el español castizo, invaden la jerga de la memoria en América Latina. Estos términos, que provienen del inglés memorialization o memorial, han sido adoptados como una forma más abarcadora de las que permite el español para denominar estos esfuerzos tanto oficiales como no oficiales que buscan, a través del arte y la conmemoración, enfrentar el pasado, preservar la memoria de las víctimas y educar para la no repetición de hechos violentos. Estos esfuerzos pueden ser monumentos, esculturas, sitios de conciencia, museos de la memoria.
El ICTJ, desde su programa Américas, en un esfuerzo por contribuir con experiencia comparada a estas iniciativas en América Latina y unirse a otras iniciativas como la Coalición Internacional de Sitios de Conciencia, propuso en días pasados un debate en Bogotá sobre la relevancia de estos lugares y la forma de unir esfuerzos para llenar de sentido reparador, de contenido y formas a las iniciativas actuales.
En este caso, sólo se analizaron las iniciativas oficiales, en una reunión en la que participaron expertos de Chile, Argentina, Perú, Brasil y Colombia. Algunos de los dilemas que fueron planteados y a los que se enfrentan estas iniciativas oficiales son: cómo lograr ser además de museos lugares de justicia, ¿deben ser especies de comisiones de la verdad permanentes?, cómo sortear y lograr el equilibro entre las voces académicas y las de las víctimas, y cómo garantizar la sostenibilidad política de las iniciativas tanto oficiales como no oficiales.
Pensar los museos de la memoria como espacios de justicia, como comisiones de la verdad permanentes, es un reto que impone esta explosión de memoria a estos lugares de conmemoración, como anotó Louis Bickford, director del área de museos y memoriales del ICTJ. Cómo orientar este auge para que en realidad las iniciativas de memoria se conviertan en medidas de justicia, cómo lograr que los museos puedan complementar las labores de esclarecimiento histórico que en muchos países empezaron las comisiones de la verdad o prestarse para esta tarea en países donde aún no ha habido iniciativas de esclarecimiento, todos estos planteamientos fueron tenidos en cuenta.
Si bien en América Latina las comisiones de la verdad han sido una importante herramienta para conocer la realidad sobre el pasado de violencia, sus resultados pueden verse incompletos a la hora de contribuir a visibilizar y educar sobre las atrocidades del pasado y generar un juicio ético entre la población, como aseguró María Luisa Sepúlveda, directora de la Comisión Presidencial de Derechos Humanos de Chile.
En ese sentido, ese es el papel complementario de los esfuerzos de memorialización: ser espacios temporales o permanentes que susciten preguntas sobre el pasado, motiven debates sobre los orígenes y las causas de la violencia, permitan ejemplarizar las experiencias para las nuevas generaciones, pero sobre todo, sienten las bases para las actuaciones del futuro.
Estos lugares no buscan apropiarse del consenso, ni ser los sitios del común acuerdo: admiten las subjetividades, la interacción y las propias lecturas del pasado. Sin embargo, si se logra solo uno –pero el más importante– de los acuerdos, el de la no repetición, el nunca más, se puede afirmar que el memorial, el museo, el sitio de conciencia, logró su fin.
Otro de los dilemas es para quién se construyen los museos o sitios de conciencia. Si bien hay un consenso en que son creados para dignificar la memoria de las víctimas, el gran interrogante es cómo lograr que cuenten historias para públicos variados y, más aún, cómo representar lo que para las víctimas es sagrado con las pretensiones pedagógicas o artísticas de los museólogos.
En este punto Ruben Chababo, director del Museo de la Memoria de Rosario, Argentina, advirtió que uno de los desafíos es sortear las tensiones siempre existentes entre las visiones académicas sobre el pasado y la mirada de las víctimas. ¿Qué visibilizar, qué invisibilizar y cómo no banalizar? Una de las conclusiones de la reunión es que no debe darse por descontado que el artista por sí sólo va a solucionar los dilemas de la representación. Su contribución especializada es una entre varias y, sin duda, el primer público con el que deben contar estos proyectos es con las propias víctimas.
Tras decidir el modo de representar, los museos también deben contar con una realidad: el público puede interpretar de diversas formas los contenidos del espacio de memoria, pues no necesariamente la memoria es creadora de consensos, como anotó Félix Reátegui, consultor del ICTJ y asesor del Museo de la Memoria de Perú.
Es por esto que se debe contar con el hecho cierto de que las diversas memorias que circulan en la sociedad –incluso después de un ejercicio nacional de memoria– no son armónicas. Por lo tanto, el museo se enfrenta siempre a un conflicto potencial: ¿debe implantar una narrativa hegemónica?, ¿debe ser simplemente el receptor neutral de todas las narrativas?, ¿debe intentar administrar la diversidad?
Así mismo, los espacios de memoria oficiales se enfrentan a otro reto: el de conservar el carácter oficial de la iniciativa pero preservarla al mismo tiempo de las contingencias de los cambios políticos, pues el gobierno que impulsó la idea puede ser sustituido por otro que es adverso a ésta. Se trata de discutir sobre los marcos institucionales-legales que permitan sustraer el museo de la contingencia política mediante su autonomía dentro de la esfera estatal.
Lo cierto es que ante este auge de la memoria, lo importante es lograr que las víctimas sean el centro de las iniciativas, encontrar las formas como la representación artística puede ser al mismo tiempo entendida como una medida de justicia y, sobre todo, lograr que estos lugares conviertan la memoria literal de hechos violentos en una memoria ejemplarizante del pasado que permita replantear el presente y el futuro para la no repetición. Muchos dilemas se irán sorteando en la implementación, otros, con el debate y con el aprendizaje de la experiencia comparada.
El ICTJ presenta su serie de hojas informativas, una herramienta concisa y clara con información sobre distintos temas de justicia transicional como iniciativas de persecución penal, programas de reparaciones, verdad y memoria, y experiencia comparada con casos de distintos países en el mundo.

El Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ por sus siglas en inglés) apoya a países que luchan contra la impunidad, en la búsqueda por enfrentar el legado de crímenes masivos y atribuir responsabilidades por violaciones de los derechos humanos ocurridos en el pasado. El Centro actúa en sociedades que emergen de gobiernos autoritarios o de conflictos armados, en el esfuerzo por consolidar la institucionalidad democrática.
El ICTJ reconoce con gratitud la ayuda y apoyo de sus benefactores.
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